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La carta de este restaurante se distingue por tener solo especialidades napolitanas preparadas por un chef napolitano

Los italianos y argentinos, hermanos de sangre y espíritu con un océano por medio, tienen dos grandes amores: la pizza y el fútbol. Y acaba de abrir en Barcelona una trattoria y pizzería que une de una manera rotunda y sin juegos de manos estos dos aspectos: Número 10 (Capità Arenas, 62) es un restaurante napolitano dedicado a Maradona. "Y es un restaurante napolitano en una ciudad en la que el 80 por ciento de los propietarios de restaurantes italianos son de Nápoles, pero al final te encuentras que todos los restaurantes italianos son iguales, y les faltan especialidades típicas de Nápoles. Aquí no tenemos ni carbonara ni tiramisú".
Habla Emmanuele Stevanato, el empresario propietario de Número 10 y de dos restaurantes italianos más en Barcelona, los Dolce Vita, en la calle Boqueria y Les Corts. Stevanato asume la paradoja de que es veneciano, pero alega que "una experiencia temática de restauración no tiene por qué ser mala, pero el problema es que hay muchos restaurantes de inversores que han estado una vez de vacaciones en la región y ya está".
La tematización de Número 10 es la mar de divertida y currada: cualquiera que haya estado en Nápoles reconocerá el ambiente de ropa colgada de balcones, que aquí tiene el añadido de murales a pared entera de Maradona y un altar en la entrada. ¡E incluso un enorme Vesubio de cartón piedra! Hay que decir que el kitsch consciente funciona. "Maradona, San Genaro volle gole", digo, que es lo que le gritaba la afición al barrilete cósmico al llegar a la ciudad. "El milagro de San Genaro es el de la sangre, el de Maradona el de los goles", me contesta el jefe de sala, el napolitano Armando Camerlingo.
Pues casi diría que su salsa de tomate es milagrosa: "la hacemos con tomates San Marzano enteros, que troceamos y removemos a mano. Si pasan por el túrmix, la salsa se sobrecalienta por las aspas y se arruina", me cuenta el jefe de sala. La del chef Luigi Marcato es buenísima: dulce y espesa, de sabor en alta definición, convierte un plato tan sencillo como espaguetis con salsa y tomates cherry salteados en un manjar sencillo y muy apetecible. Como la mar de sencillo, pero preparado con tiralíneas, es un platazo de fettuccine alla Nerano, cremosas cintas de pasta con albahaca, provolone y calabacín frito finísimo.
Este es un sitio para ponerse fino comiendo, un muy buen restaurante italiano con unos juegos reunidos de cocina napolitana de espíritu casero y buen producto. Por ejemplo, unos pantagruélicos ñoquis a la sorrentina, salteados con salsa de tomate, mucha mozzarella buena y que se mantienen ardientes gracias a una base de pan de pizza.
El lema de la carta "compartir o morir" es adecuado; vemos una monumental figliata, un saco de mozzarella de búfala que se cierra a mano, rellena de bolitas de mozzarella y nata. No, no es un lugar para dietas.
Las pizzas son una barbaridad, por textura y calidad de cobertura, sin entrar en formulaciones esotéricas de receta: de masa napolitana clásica, pizza convencional, de fermentación larga y a la leña, pero también está la pizza frita o la calzonellata (ahí es nada, una calzone rellena de butifarra) e incluso un cuzzetiello con ragú de salchicha, pieza de comida callejera poco vista por aquí. Sí, hay homenajes a Maradona al plato, claro, como la pizza Barrilete Cósmico (pesto de mozzarella y salsa de albahaca) o la Pibe de Oro, con jamón crudo de Parma, burrata e higos frescos.
No olvidéis los postres: su babà clásico está de escándalo. Los precios no son especialmente caros ni baratos –un ticket de unos 30 euros por cabeza– pero la generosidad de las raciones lo convierten en un lugar ideal para compartir entrante, principal y postres.
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